De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto. Ni la razón, todo lo contrario; aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.-
Cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de las implacables capas, la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, compredemos que es el otro el que siempre nos salva.
E. Sábato
No hay comentarios:
Publicar un comentario