Abro mis pesados párpados,
mi atosigante pelo cubre mi lujuriosa boca.
Lentamente levanto mis manos hacia el cielo,
agradezco a los dioses del milagro de la vida.
Las fragorosas aguas del río incendian la frivolidad.
Los risueños árboles anuncian excusas para seguir soñando
y el viento irradia locura.
La dulce libertad golpea contra mi opaca y oscura tez
y mis ligeros pies fantasean con un sumiso viaje al paraíso.
Vuelvo, las horas se apresuran por contarme el futuro,
la indecorosa culpa arrebata y ensordece mis latidos.
Vuelvo, al lugar donde nuestras bocas florecieron orquídeas,
donde tus súbitos y factibles besos ganaron la batalla a mi ilógica resistencia.
¿Qué sentir frente al presagio de morir en soledad?
Ese crepúsculo, la prudente naturaleza y mi tibio vientre,
se atrevieron a construir una esperanza,
una cálida esencia,
que daría luz a mis taciturnos ojos.
¿Por qué sentirnos solos, si podemos vivir acompañados?
Su transparente y melodiosa risa,
su singular curiosidad por conocer toda las creaciones del lúgubre mundo,
la inocencia de sus minúsculas manos
y incondicional entrega de su amor
pone en duda la diaria perversidad que vivimos.
Quizás no sea tan malo crecer.
Aylén (2010)
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